miércoles, 2 de enero de 2013

martes, 1 de enero de 2013

El Dios de Spinoza


Una de las cuatro leyes de la espiritualidad es:  "En cualquier momento que comience es el momento correcto". Todo comienza en el momento indicado, ni antes, ni después. Cuando estamos preparados para que algo nuevo empiece en nuestras vidas, es allí cuando comenzará.
Y comienzo este blog sin el menor esfuerzo, encontre en el diario el Pais este excelente articulo de Manuel Vicent  que nos ayuda a reflexionar y a disfrutar de la vida para  ser felices  y me  lo he traido  aqui a mi blog.

 

Así habla el Dios de Spinoza:
Deja de rezar y disfruta de la vida, trabaja, canta, diviértete con todo lo que he hecho para ti.
Mi casa no son esos templos lúgubres, oscuros y frios que tú mismo construiste  y que dices que son mi morada.
Mi casa son los montes,los rios, los lagos , las playas.
Ahí es donde vivo.
Deja  de culparme de tu vida miserable.
Yo nunca dije que eras pecador y que tu sexualidad fuera algo malo.
El sexo es un regalo que te he dado para que puedas expresar tu amor, tu éxtasis, tu alegria. No me culpes de lo que te han hecho creer.
No leas libros religiosos. Léeme en un amanecer, en el paisaje, en la mirada de tus amigos, en los ojos de un niño.
Deja de tenerme miedo. Deja de pedirme perdón. Yo te llené de pasiones, de placeres, de sentimientos de libre albedrío.
¿ Comó puedo castigarte si soy yo el que te hice? Olvídate de los mandamientos que son artimañas  para manipularte.
No te puedo decir si hay otra vida. Vive  como si no la hubiera, como si esta fuera la unica oportunidad de amar, de existir. Deja de creer en mi.
Quiero que me  sientas cuando besas a tu amada, acaricias a tu perro o te bañas en el mar.
Deja de alabarme. No soy tan ególatra. Así habla el Dios imaginario de Baruch Spinoza, filósofo panteista del siglo XVII, judio sefardí, fundador de una escuela mistica, de la que se han nutrido hippies, gurús, vendedores de semillas de calabaza y otros profetas de la  moderna espiritualidad.
Si  existiera un Dios tan esteta y se hiciera visible, se le  podría exigir que explicara el dolor de tantos inocentes, los millones de niños que mueren de hambre, la violenta deprevación de muchos hombres con  las mujeres, el instinto de matar que ha  inscrito en las  entrañas del ser humano.
El Dios de Spinoza fluye sobre los verdes  valles, sobrevuela las cumbres de nieve, se confunde con los rios incontaminados, con los delfines azules, con las risas de los niños.
Pero el mal no se corresponde con esa belleza.
Ese Dios nos dice:  Deja de pedirme cosas. ¿ Me vais a  decir a mí cómo hacer mi trabajo? Yo soy puro amor.
 Entonces, tendrá que expicarnos por qué allá  donde vuelves el rostro no encuentras en este perro mundo más que  maldad, guerras, basura moral, lágrimas y sangre  de inocentes, que tambien forman ríos y mares.